Dinámicas de grupo perniciosas en dojos de aikido

 

Una de las principales amenazas que puede encontrarse el desarrollo del aikido en una comunidad de practicantes es la existencia de dinámicas grupales que desvirtuen totalmente cualquier intento de estudio serio de la disciplina.

 

Y uno de los factores, aunque no el único, que puede promover dicha amenaza, es que el objetivo último de aquellos que lideren dicha comunidad no sea el estudio y la práctica del aikido, sino la obtención de un rendimiento económico al precio que sea, sacrificando en caso necesario y sin ningún problema, cuando no actuando así expresamente, cualquier seriedad a la hora de ejecutar dicho liderazgo pedagógico. A veces, ni siquiera hay un trasfondo económico detrás de todo, sino una necesidad subconsciente y de tipo psicológico de dichos lideres de potenciar su autoestima por motivos ajenos a la práctica y estudio del aikido.

 

Podemos segmentar, a grandes rasgos, las comunidades de practicantes en dos categorías, entendiendo que entre el blanco y el negro, hay grises, y que las posibilidades intermedias son infinitas:

 

Unas son aquellas en las que la dinámica imperante tiene como fin que todos los miembros de dicha comunidad acaben teniendo un nivel de eficacia y eficiencia en aikido lo más elevado posible, y asumiendo que esto implica como mínimo que como objetivo ideal todos los miembros de dicha comunidad alcancen lo antes posible el nivel de conocimiento de aquellos que promueven y lideran dicha comunidad a nivel pedagógico, cosa que anula totalmente la posibilidad de cualquier tipo de estructura piramidal a medio o largo plazo,

 

y otras son aquellas en las que la dinámica imperante tiene como fin perpetuar una situación en la que una élite destaca sobre una mayoría que tiene como función la de sostener de un modo u otro a “la comunidad” (el esquema que comunmente se conoce como “el pastor y su rebaño”).

 

Independientemente de que sea o no sea ético el segundo modelo, ya que implica una especulación relacionada con el conocimiento (conocimiento que se supone debiera mirarse de difundir del modo más amplio entre los miembros de la comunidad en cuestión), el problema más grave es que, en el caso del aikido en concreto, acaba generando dinámicas que acaban anulando incluso la capacidad técnica de la supuesta élite, ya que se promueve, no sólo el anular la capacidad crítica de la mayoría, sino la capacidad crítica de la élite, al fomentar que realmente sean los ukes los que hagan la técnica y se muevan como “se supone” deben moverse, aunque realmente no tengan ningún motivo objetivo para ello, actuando el tori como una especie de director de orquesta, y dando por hecho que, “si la técnica no sale, es porque el uke lo hace mal”, con lo que acaba siendo totalmente imposible que mejore nadie, ni los de arriba, ni los de abajo.

 

Dichas dinámicas perniciosas, curiosamente, no siempre son promovidas por el referente técnico en cuestión, que muchas veces se limita a mostrar lo que él sinceramente cree correcto y que, en el caso de tratarse de alguien realmente interesado en mejorar, le supone incluso un lastre, sino, y absurdamente, por aquellos que se consideran alumnos aventajados de aquel a quien consideran su “gurú”, y que fundamentan toda su autoestima en haber alcanzado un determinado nivel en el escalafón pìramidal de dicha estructura. Esto implica que, si se cuestiona el valor de dicho nivel, cuestionando que lo que se considera como una verdad inmutable (lo que hace el referente de turno) y lo que otorga un supuesto valor a ese nivel, puede no ser tan correcto como se supone, todo el valor que pueda asociarse al haber llegado al nivel X dentro de la estructura, desaparece, al fundamentarse dicho valor en el nivel de realidad implicito al “como hacer algo”, y ser este “como hacer algo” un procedimiento imperfecto, incompleto o simplemente erroneo.

 

Estas acciones encaminadas a generar una fantasía, que en las primeras fases de establecimiento de la estructura siempre son realizadas de manera consciente, con el tiempo llevan a convertirse en hábitos de un colectivo que se hacen por rutina sin plantearse en ningún caso que tenga sentido lo que están haciendo o no (lo que comunmente se conoce como “pensamiento grupal”) pasando a ser parte de la microcultura de dicha comunidad.

 

G.C. - Mataró, 2017

 

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